Dicen que las crisis generan nuevas oportunidades. Ciertamente, remueven los cimientos del orden establecido para reorganizar y redimensionar aspectos de la realidad que, con el paso de los años, se han ido viciando y, en muchos casos, sobredimensionando. El estallido de la burbuja de Internet, en marzo del año 2000, fue un claro ejemplo, como también lo fue el estallido de la burbuja inmobiliaria, de la mano de la crisis bancaria, a principios de 2008.

Sin profundizar en los complejos factores económicos que llevaron a las entidades financieras a uno de sus peores momentos históricos, esta crisis estructural representó un punto de inflexión en la historia de la banca española, que tenía dos importantes retos en dos frentes bien diferenciados: por un lado, recuperar la credibilidad perdida entre la ciudadanía, y por otro, convertir las tecnologías emergentes en una oportunidad, y no en una amenaza.

Los usuarios estaban cansados del dominio histórico de la banca, de sus “relaciones de poder” que les mantenían encadenados a sus productos financieros, sin escapatoria. Y además, ahora, no confiaban en ella. La tecnología irrumpió con fuerza entonces, en un momento en el que el cliente demandaba flexibilidad, transparencia, eficacia, inmediatez, ubicuidad y, sobre todo, una relación de igual a igual, con libertad de elección.

En este contexto comienzan a aparecer nuevos players disruptivos que comprenden las necesidades y las exigencias de una nueva sociedad y se proponen reinventar el sector financiero a través de la tecnología, lanzando al mercado nuevas aplicaciones y plataformas destinadas a mejorar la experiencia del cliente.

La eclosión de las fintech ha obligado a repensar el modelo de negocio bancario para adaptarlo al cliente digital, y el resultado apunta, sin duda, hacia la descentralización y la diversificación; hacia un modelo en el que diferentes proveedores, con categoría de banco o sin ella, competirán por ganarse a los clientes ofreciéndoles los mejores productos, los más rentables, con menos comisiones y mejores condiciones. Como en cualquier otro sector del mercado, el cliente tiene el mando, tiene el poder de decidir, algo que con el tradicional modelo no ocurría.

Los bancos de toda la vida se están viendo obligados a renunciar a su pasado y aceptar las nuevas reglas del juego. La primera consecuencia, derivada no sólo de la digitalización, sino también de la concentración bancaria vivida desde la crisis, ha sido el cierre de cerca de 20.000 sucursales en los últimos diez años. Sólo en 2018 se cerraron en España 1.314 oficinas bancarias, según datos del Banco de España, y para este año, los planes de despidos previstos por algunas de las grandes entidades harán que se pierdan en torno a 10.000 puestos de trabajo.

Por el contrario, el emergente sector fintech se ha convertido en un escenario interesante para muchos profesionales, que se sienten atraídos por estas empresas disruptivas, al encontrar en ellas un aliciente de innovación, una oportunidad de transformación, de contribuir a crear una nueva manera de hacer las cosas. Estas compañías están captando talento joven, capaz de entender al nuevo consumidor y conectar con los intereses de una nueva generación.

Los millennials quieren una cuenta bancaria con todas las funcionalidades de una cuenta tradicional, pero que no les limite ni les condicione. Quieren una tarjeta con la que poder pagar o extraer dinero de un cajero en cualquier lugar del mundo sin por ello ser penalizados con abusivas comisiones que ni siquiera se sabe a qué corresponden. Además, están acostumbrados a manejarse en Internet, y se sirven cada vez más de comparadores para comprar los mejores productos o contratar los mejores servicios.

Sin duda, el futuro del sector pasa por los marketplaces financieros, donde los clientes puedan tener a su disposición una amplia y variada oferta de productos de ahorro, asesoramiento, inversión, financiación, y aseguramiento proporcionados por diferentes proveedores, donde contratar de forma sencilla aquellos que mejor responden a sus necesidades.

Asimismo, el reto para el sector fintech reside también en conquistar a las personas de mediana edad, tanto por su mayor nivel de ingresos, que les hace atractivos como clientes, como por el potencial de crecimiento que representan para las compañías, al ampliarse enormemente de este modo su target.

Así están las cosas. Aquellos que sean capaces de afrontar estos desafíos de la forma más acertada serán los que capitalicen el éxito del sector bancario del futuro. Pero sin duda, la